Moribundia




El caso más interesante y complicado de los que he resuelto ha sido el de un doctor en medicina. No digo su nombre porque es el de uno de los más afamados y de los que más clientela tienen y le podría perjudicar esta confesión.
Una mañana me despertaron diciéndome que el gran doctor me rogaba que fuese a verle inmediatamente. […] Estudié a aquel hombre. Su vida se dividía en dos mitades. Una, frívola, de descanso, de molicies, de confort, de chaquet, de teatros, durante la que apenas pensaba aun bajo su rostro de hombre sagaz, su rostro engañoso de doctor, y la otra mitad llena sólo de un exagerado sentimiento del deber, dedicada sólo a sus visitas. Faltaban en su vida horas íntimas, independientes, salvadoras, de esas en que todo se asimila, se desdeña o se aprecia por razones entrañables.
Era doctor de amplias vitrinas donde brillaban todos los objetos de acero, muchos más que necesitan todas las operaciones, algunos para casos que no han sucedido nunca en la vida, casos como los de esas operaciones consecutivas que aun podría sufrir el muerto en la muerte si en el otro mundo
hubiese cirujanos.
Todos los objetos, relucientes, punzantes, agudos, amenazadores, daban un aspecto de gran peluquería y navajería al despacho. Entre todos se destacaban unos enormes fórceps como unas grandes tenazas para el servicio de la ensalada. En su empaque, en su modo de hablar, en su ranciedad vi en seguida su mal y se lo confesé.
—Usted está enfermo de medicina… Esta enfermedad de usted, un poco del corazón, un poco de la piel, otro poco del hígado, otro poco de anemia, procede de su profesión… Hay que defenderse con una gran fuerza interior de toda profesión, pero de ninguna hay que defenderse tanto como de la medicina, porque es la que más puede estragar la vida y filtrarse en ella […].

El sabio doctor en medicina




Los enfermos acostumbran a preguntar tantas cosas, que resultan inaguantables sus consultas.
—¿Qué será esto que siento aquí?
—¿Qué será este dolor que me acude a este lado cuando acabo de comer?
—¿Qué serán estas palpitaciones que me atacan a este lado como si me latiese una herida?
—¿Este dolor en el costado será grave?
—Por las mañanas siento un abismo tal en mi estómago, que me parece que voy a caerme en él.
—Siento en las palmas de los pies unos dolores agudos y penetrantes como si pisase clavos en punta.
—Etcétera, etcétera.
Yo, para calmar todos esos dolores, no utilizo más que una frase: «Eso es de lo mismo.»
Eso les calma instantáneamente a los enfermos, y como si les recordase algo grave que ya supiesen, se quedan callados. Es instantánea la eficacia de esa aseveración.
—Eso es de lo mismo.
Y el enfermo lanza un «¡Ah!» de sabiduría, de saciedad, de «¡Ah! ¡También de eso!»
Claro que si él se preguntase: «¿Y eso qué es?», no encontraría claro el «eso» de lo que es también «eso» otro; pero a la naturaleza la gusta referirse con tranquilidad a otra cosa y lo que más la asusta es complicar sus males.
Es como si a un loco se le dijese la palabra que le calma, que le aduerme instantáneamente.
En realidad, al decir «Eso es de lo mismo» es como si se diese a oler y se adurmiese al enfermo con una especie de cloroformización instantánea.

Eso es de lo mismo




Ramón Gómez de la Serna - El doctor inverosímil (1921)

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